La ciencia como todos sabemos va a velocidades impresionantes, cada día hay armas más poderosas, autos más veloces, cámaras con mayor resolución y acercamiento, computadoras con mayor capacidad de procesamiento y almacenamiento, y tantas cosas más.
Sin embargo, ante cada uno de estos avances siempre tendremos que preguntarnos: ¿Esa arma se usará con un fin loable? ¿El que maneje ese vehículo lo hará correctamente? ¿Quién nos puede garantizar que una cámara no se utilice para grabar algo sobre una persona para luego embaucarlo o estafarlo? Esta y muchas preguntas más nos tendremos que hacer, y solo la moral podrá darnos una respuesta, sin embargo, la moral está en el terreno extra-científico, por lo que quien quiera condenar el abuso de esos avances tecnológicos sólo podrá hacerlo desde el campo filosófico, pues la bondad o maldad de los actos humanos son aspectos inmateriales y fuera del alcance de los métodos experimentales de la ciencia.
Liberta, igualdad y fraternidad, hoy en día conocemos estas palabras y su significado, pero fue en la época de la Revolución Francesa cuando se proclamaron por primera vez; y estos tres grandes valores no podemos identificarlos como realidades científicas, mas todos los reconocemos como fundamentales para la existencia humana.
La causa de los campos de concentración alemanes no fueron los ministros Nazi, sino la filosofía nihilista del siglo XIX. EL nihilismo despoja al hombre de su naturaleza, lo ve como un producto de la historia cambiante, como un simple animal evolucionado, primo del mono. Si es así, ¿por qué hacer discriminación entre parientes? Si al mono se le puede enjaular, al hombre se le podría encarcelar en un campo de exterminio o recluir en un “hospital psiquiátrico”. Si el hombre es un animal más y hacemos jabones con la grasa animal, ¿por qué no hacerlos con grasa humana?
Estos y otros ejemplos ponen de manifiesto la importancia de la filosofía en nuestros días. Si la dimensión práctica de la ciencia es la técnica, la dimensión práctica de la filosofía es la configuración de la conducta humana: de las personas individuales y el colectivo.
Finalizo este apartado con palabras de Platón, de su carta VII:
“Cuanto más conocía yo a los políticos y estudiaba sus leyes y las costumbres, más difícil me parecía administrar bien los asuntos del Estado. El derecho y la moral se hallaban corrompidos, y aquella situación donde todo iba a la deriva me producía vértigo. Entonces me sentí irresistiblemente movido a cultiva la verdadera filosofía y a proclamar que sólo su luz puede mostrar dónde está la justicia en la vida pública y en la privada, convencido de que no acabarán las desgracias humanas hasta que filósofos de verdad ocupen los cargos públicos, o hasta que, por una gracia divina, los políticos se conviertan en auténticos filósofos".
Próxima entrega: El problema del lenguaje.
martes, 14 de diciembre de 2010
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